Tres meses tenía
Matilda, tres meses lejos de casa. Jamás imaginó lo difícil que sería para
ella, no recibir abrazos, como dice ese dicho popular, “nadie sabe lo que
tiene, hasta que lo pierde.” Matilda empezó a percibir lo importantes que eran
los abrazos para ella, cuando dejó de recibirlos. Esa mañana, con ese anhelo intrépido
que el alma no suelta, miró al cielo y dijo; - oh, Dios, sé que para ti no hay
nada imposible y que todo te pertenece, Señor ¿Podrías conceder el deseo de mi
corazón? Con todas mis fuerzas, ansío recibir un abrazo.
Los días pasaron
y Matilda enfermó, estuvo en cama, cansada por el paso de un virus callejero
que sin compasión había probado la resistencia de sus defensas. Terminado su obligatorio
receso, Matilda se levanta y sin esperarlo, un dulce y feliz niño que había dejado
de ver su rostro por esas horas se acerca y desde el gozo entrañable que sólo los
pequeños muestran, sin reparos, sin temores ni reservas, abre sus brazos y se
entrega a un abrazo profundo que deja a Matilda sin palabra, sin aliento. Ella
responde tímida, ante tan inesperado evento, pero luego recuerda su súplica
ante el cielo. Ha sido concedida su petición, cuando Matilda cae en cuenta de
tan magnífico regalo, lágrimas acarician su rostro y ese momento se graba de
forma instantánea en el corazón de Matilda.
Valora los abrazos que das y recibes
¿Qué sería de nosotros si no existieran los
abrazos?
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