Algunos
piensan que las guerras ya no existen, esas guerras llenas de sangre, espadas,
reyes y traiciones, esas en las que Dios dio la victoria a su pueblo conforme a
su amor y gracia. Pero estas batallas son un cuadro, representación gráfica de
lo que pasa en el corazón del ser humano. Cuando en nuestro corazón se levanta
el deseo de ser nuestro propio dios, traicionamos nuestros votos al cielo y
comenzamos una batalla destructiva; nuestra mano empuña una daga en contra de
su propio ser y no podemos percibir el rostro sombrío de nuestro adversario.
Cuando
la luz cala por los poros y las grietas, iluminando todo, se descubre la
identidad oculta del enemigo y ves tu rostro aparecer, como al mirarte al
espejo. Pero eso no es todo, la desgracia de la guerra persiste, saber que eres
tu más gran adversario, no es el fin. La rendición de armas se convierte en un
difícil camino para el hombre, un camino que sólo puedes recorrer si pides
auxilio al cielo, al dueño de la paz en sí misma, y te retiras derrotado pero
triunfante. Parece que no tiene sentido eso de perder para ganar, pero en
ocasiones, lo incomprensible es lo legítimo.
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