domingo, 23 de junio de 2024

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Algunos piensan que las guerras ya no existen, esas guerras llenas de sangre, espadas, reyes y traiciones, esas en las que Dios dio la victoria a su pueblo conforme a su amor y gracia. Pero estas batallas son un cuadro, representación gráfica de lo que pasa en el corazón del ser humano. Cuando en nuestro corazón se levanta el deseo de ser nuestro propio dios, traicionamos nuestros votos al cielo y comenzamos una batalla destructiva; nuestra mano empuña una daga en contra de su propio ser y no podemos percibir el rostro sombrío de nuestro adversario.

 

Cuando la luz cala por los poros y las grietas, iluminando todo, se descubre la identidad oculta del enemigo y ves tu rostro aparecer, como al mirarte al espejo. Pero eso no es todo, la desgracia de la guerra persiste, saber que eres tu más gran adversario, no es el fin. La rendición de armas se convierte en un difícil camino para el hombre, un camino que sólo puedes recorrer si pides auxilio al cielo, al dueño de la paz en sí misma, y te retiras derrotado pero triunfante. Parece que no tiene sentido eso de perder para ganar, pero en ocasiones, lo incomprensible es lo legítimo.   


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